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En los últimos tiempos, los espectadores televisivos han visto desfilar por su pantalla muchos anuncios que hablan de los efectos benéficos de los Omega-3 para el sistema cardiovascular. Sin embargo este beneficio, trivializado por los propios anuncios, no es más que la punta del iceberg del importante fenómeno Omega-3.
Todo empezó cuando en la década de los 70 se observó que los esquimales sufrían menos problemas cardiovasculares que otras poblaciones. Posteriormente, se compararon los esquimales que emigraron a otros países con los que permanecían en su propia tierra, comprobando que los que habían emigrado llegaban a tener una prevalencia de accidente cardiovascular ocho veces mayor que los que se habían quedado, atribuyéndose la diferencia al consumo de pescado, que era mayor entre la población esquimal.
Ante evidencias de tal calibre, se fueron sucediendo investigaciones que se publicaban en las más importantes revistas científicas de todo el mundo. Por ejemplo, en el año 1982 el Journal of Nutrition Science of Vitaminologye, publicó los resultados de unos estudios que confirmaban que la alta longevidad de los japoneses y su baja prevalencia de enfermedades cardiovasculares, se debían al alto consumo de ácidos grasos Omega-3 en su dieta, través del consumo de pescado.
Los llamados ácidos grasos poliinsaturados Omega-3, son un tipo de lípidos que se encuentra mayormente en el pescado azul –arenque, sardina, caballa, atún, bonito, salmón…-, así como en algunas semillas vegetales, siendo considerados nutrientes esenciales porque el organismo humano no puede sintetizarlos y debe ingerirlos mediante la alimentación. Los ácidos grasos poliinsaturados son componentes básicos y fundamentales de las membranas celulares, determinan su fluidez y flexibilidad, e intervienen entre otras funciones en la formación de algunas hormonas, en el correcto funcionamiento del sistema inmunitario, en la correcta formación de la retina o en el funcionamiento de las neuronas. De ahí, que la importancia para la salud de los Omega-3 no abarque solamente los trastornos cardiovasculares, sino que se extiende a la prevención y mejora de inflamaciones intestinales, articulares, alergias, asma, eccema, diabetes, cáncer, depresión, esquizofrenia, déficit de atención, Alzheimer…
Observamos curiosamente en esta lista que se trata de patologías muy distintas entre si y sin embargo, todas ellas comparten un factor común: los ácidos grasos poliinsaturados Omega-3. ¿Qué significa realmente todo esto y cuál es la clave explicativa?
Para poder entenderlo debemos precisar que los dos grupos de ácidos grasos poliinsaturados esenciales más importantes son los Omega-6 y los Omega-3, siendo ambos necesarios, como se ha dicho, para importantísimas funciones de nuestro organismo. Los Omega-6 en su mayor parte, originan unas sustancias parecidas a las hormonas –llamadas eicosanoides negativos- que tienen propiedades inflamatorias, coagulantes y vasoconstrictoras, mientras que de los Omega-3 se derivan eicosanoides positivos, con propiedades antiinflamatorias, anticoagulantes y antivasoconstrictoras. Por esta razón el organismo tiene que ingerir ambos nutrientes y disponer así, de los eicosanoides necesarios para poder actuar según sus necesidades y mantener su salud en equilibrio.
Los estudios científicos llevados a cabo consideran, que la proporción idónea entre Omega-6 y Omega-3 debe ser de 1:1 o de 2:1 a favor de los primeros. De esta forma, el organismo dispone de recursos inflamatorios suficientes y que en justa medida, son recursos defensivos a disposición del sistema inmunitario. Sin embargo, nos encontramos con un fenómeno generalizado en la mayoría de poblaciones que siguen el modelo de dieta occidental. Según se ha comprobado mediante diversos estudios epidemiológicos, hay poblaciones y zonas geográficas mundiales que tienen una proporción entre Omega-6 y Omega-3 de 10:1 o 15:1, lo que significa que ingieren 10 o 15 partes de Omega-6 por solamente 1 de Omega-3. En Estados Unidos podemos encontrarnos incluso, con proporciones que llegan a 50:1. Estas dietas, excesivamente ricas en Omega-6 y pobres en Omega-3, sumen al organismo en un estado proinflamatorio permanente.
Los Omega-6 se encuentran mayormente en semillas y aceite de girasol, cártamo, onagra, soja, sésamo, maíz… También hay carnes que lo contienen abundantemente, especialmente aquellas procedentes de animales alimentados intensivamente con derivados de semillas ricas en Omega-6. Los aceites con abundancia de Omega-6 suelen ser más económicos y por ello, más utilizados por la población. Lo mismo ocurre con los alimentos elaborados industrialmente. Por otro lado, el gran consumo de azúcares y carbohidratos aumenta aún más la presencia del llamado ácido araquidónico, que es el Omega-6 con mayor responsabilidad inflamatoria, debido a que dificultan la actividad transformadora de los ácidos grasos de la enzima delta-6-desaturasa, provocando una mayor presencia de eicosanoides negativos. Si a todo ello le unimos una baja o nula ingesta de pescado rico en Omega-3, tenemos como resultado este alarmante desequilibrio dietético que como veremos, comporta serias consecuencias para la salud.
Un estado proinflamatorio permanente convierte este inestimable recurso defensivo de nuestro organismo en una carga negativa, manifestándose sus consecuencias según la constitución y hábitos de vida de cada uno. Inflamaciones intestinales, dermatitis o alergias son síntomas que se manifestarán probablemente en edades tempranas y que serán tratados con medicamentos que anularán dichos síntomas, no así sus causas, las cuales seguirán latentes a través de la alimentación excesiva en Omega-6 y deficitaria en Omega-3. Las sustancias tóxicas que se encuentren en pequeñísimas cantidades en conservantes y aditivos químicos de los alimentos ingeridos, en el aire, en los envases o las que se deriven de tóxicos como el tabaco o el alcohol, contribuirán año tras año y de forma silenciosa, a incrementar aún más la respuesta del sistema inmunitario mediante el recurso inflamatorio. Con el tiempo, los intestinos empezarán a mostrar claras y descontroladas irritaciones, el estado proinflamatorio se extenderá a las articulaciones, el hígado tendrá que trabajar cada vez más para evitar que el organismo se envenene, el sistema circulatorio tendrá que realizar mayores sobreesfuerzos, saturándose, comprimiéndose y retorciéndose, mientras que el sistema inmunitario empezará a perder su norte, apareciendo las llamadas enfermedades autoinmunes. Llegados a este punto, el proceso inflamatorio permanente ya habrá empezado a provocar una degeneración orgánica importante, con el cáncer esperando a la vuelta de la esquina…
Se ha comprobado en diversas investigaciones, que el exceso de Omega-6 promueve la génesis tumoral, mientras que los Omega-3 compensan esta desproporción, convirtiéndose en un factor importante para evitar el desarrollo y la progresión de varios tipos de cánceres. Importantes estudios científicos han demostrado que los Omega-3 son apoptóticos para las células cancerosas –aceleran su muerte-, respetando en cambio las células sanas. Además, varios estudios epidemiológicos han constatado que el cáncer es menos común en zonas como Japón, donde se consumen mayores cantidades de animales marinos, considerándose responsables de ello a los Omega-3.
La evidencia es clara. La cantidad de investigaciones que demuestran los beneficios de los Omega-3 en todas estas patologías es impresionante. Pero aún hay más. No solamente es importante en enfermedades físicas, sino que también lo es, y mucho, en trastornos mentales y emocionales, ya que su presencia es fundamental en el sistema nervioso. Un déficit de Omega-3 disminuye la permeabilidad de las membranas celulares, ya que la célula los reemplaza mayoritariamente por otras grasas que encuentra, generalmente saturadas, teniendo como principal consecuencia severas mermas en la capacidad moduladora de la neurotransmisión y disminuyendo la sinapsis nerviosa. El estrés al que se ven sometidas las sociedades modernas no hace más que agravar aún más la situación, pues aumenta las necesidades de Omega-3 y hace más dramático su déficit.
Son numerosísimas las investigaciones científicas que demuestran el beneficio de los Omega-3 para la prevención y tratamiento complementario de muchos trastornos mentales y emocionales, de forma especial la depresión y la esquizofrenia, incluso algunas veces con resultados espectaculares, pero también en el déficit de atención, problemas de memoria, trastorno bipolar, dislexia, comportamiento agresivo o para prevenir el Alzheimer. Estos efectos benéficos y su importancia para la salud mental y emocional fueron confirmados en el año 2006 por un metaanálisis llevado a cabo por la Asociación Psiquiátrica Americana, máxima autoridad mundial en psiquiatría, que a la vista de las evidencias recomendó el consumo diario de Omega-3.
Según la Organización Mundial de la Salud, los trastornos mentales se están convirtiendo en la segunda causa de incapacitación en el mundo desarrollado y la que mayor gasto farmacéutico genera, aparte de que para el año 2020 pueden colapsar los recursos sanitarios de muchos países, con tasas del 15 al 20% de la población con trastornos psíquicos. Revertir esta situación requiere un esfuerzo conjunto y firme para mejorar las estrategias de afrontamiento que se están utilizando actualmente y que se han mostrado claramente ineficaces. Es necesario potenciar los tratamientos psicológicos, así como mejorar racional y naturalmente, los hábitos dietéticos de la población: menos Omega-6, menos carne, menos azúcares y más pescado. Sin ninguna clase de duda, necesitamos más Omega-3.
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